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Motivación: la pirámide de Maslow a examen

Son muchos los lugares en donde podemos ver la famosa pirámide nutricional. Esa que asegura representar la proporción adecuada de alimentos que debemos ingerir, tiene su estampa en infinidad de productos, desde el pan de molde hasta la nada tímida pirámide de la caja de cereales. De igual forma, puedo asegurar que deben  existir muy pocos libros de management, marketing, psicología del consumo  y motivación, que se precien, que no contengan otra de las grandes pirámides de occidente:  la pirámide de Maslow. Esta a veces colorida ilustración, además de vestir un libro de texto dirigido a unos erráticos lectores más proclives al mundo mediático audiovisual –y al resumen-, otorga también cierta estructura y aparente concreción a un tema tan volátil como el de la motivación humana. Tal es la popularización de este gráfico, que ha pasado de ser una mera propuesta conceptual de un psicólogo americano,  a toda una referencia y, hoy ya  podemos asegurar: un clásico de este tipo de bibliografía. ¿Pero qué validez tiene la pirámide de Maslow? ¿Ayuda a entender o a prever las verdaderas motivaciones y necesidades de la gente?

Una discutible jerarquía de necesidades

Según el modelo propuesto en “Una teoría sobre la motivación humana” por Abraham Maslow (1943), a medida que se satisfacen las necesidades primarias –las de la base de la pirámide-, se accede al desarrollo de necesidades más elevadas –correspondientes también a las instancias más elevadas de la pirámide-. Así pues, según Maslow, las necesidades más básicas comenzarían por lo más tangible, a saber, nuestra fisiología: alimentación, descanso, etc; y le seguiría la seguridad: integridad física, salud o empleo. Siguiendo el orden llegaríamos a las necesidad de afiliación a individuos y a grupos, el reconocimiento y por último, en la cima, la autorrealización.

Todo suena muy lógico y sensato, hasta que intentamos aplicar la teoría poniéndole cara y ojos…

Fusilamiento del tres de mayo - Francisco de Goya

Comencemos con algunos interrogantes: ¿Acaso Edgard Allan Poe se puso a escribir una vez cubiertas todas sus necesidades básicas? ¿Estaban las necesidades fisiológicas y las de reconocimiento, cubiertas cuando Van Gough pintó sus genialidades? ¿Y qué hay de los futbolistas? ¿Escalan estos, metódicamente, los peldaños de la pirámide hasta alcanzar la cima en forma de autorrealización deportiva?

Sin buscar demasiado, observamos que el arte está plagado de íconos que transgreden  los estadios pautados por Maslow. Desde la literatura clásica hasta el cine contemporáneo muestran como los héroes son justamente eso, por saltarse el eslabón de la seguridad personal o, inclusive, llevar al límite su propia fisiología para lograr lo que otros no han podido, y conseguir así el ansiado reconocimiento. Pero ¿Estamos tratando sólo con  consagradas excepciones artísticas, científicas o deportivas? Por supuesto que no. Justamente, en el terreno de la autorrealización, pero en un ámbito diferente al anterior, resulta imposible dejar de mencionar a millones de individuos consagrados a la autorrealización espiritual, en estados de extrema pobreza, sin techo, malnutridos y en pésimas condiciones sanitarias.

Baño en el Río Ganges

Las necesidades y motivaciones de los grupos también tienen su testimonio en bibliotecas llenas de libros consagrados a gestas patrióticas, que narran la historia de pueblos que sacrifican sus necesidades más básicas, las de la base de la pirámide, apelando a los sentidos de afiliación y de reconocimiento social, en pos de un ideal; inclusive, justificando de esta manera, algunos de los crímenes más atroces de la historia.

Aún sin remontarnos lejos en el tiempo ni en el espacio, podemos coincidir en que gran parte de la delincuencia común es en sí un ejemplo claro de que no todas las causas de los actos mal intencionados son consecuencia de carencias primarias. Aunque en Europa pueden encontrarse bandas delictivas cuyo origen se corresponda a lo que estamos planteando,  son otros grupos los que han recibido mayor atención por parte de los especialistas, psicólogos y sociólogos. Las gangs, bandas  violentas de Los Angeles o  Las Maras del Salvador,  son un claro ejemplo de cómo el sentido de afiliación y reconocimiento puede primar, truncando tanto la base como la cima de la pirámide, en muchos casos de forma irreparable.

Pero no todas son penas ni malos augurios. También las conductas positivas que conllevan desde el más íntimo acto solidario hasta el más público  de los proyectos altruistas, no esperan necesariamente de la aprobación de instancias inferiores para ser efectivos –aún teniendo en cuenta los interesantes y, a menudo, polémicos argumentos de la biología y psicología evolutiva, con respecto a estos temas-.

Y yendo aún a lo más cotidiano, es evidente que la educación reglada y, más específicamente, la educación de nuestros hijos hace añicos la jerarquía de necesidades. No es necesario remontarse a épocas de grandes crisis para observar como los adultos posponemos nuestras necesidades más básicas –fisiólógicas- hasta las más elevadas –autorrealización personal- por el bien de los niños propios, en el caso de los padres, y ajenos, en el de los educadores.

Dicho esto, debo también aclarar que discrepo con algunos críticos que ven en la teoría un intento –o un reflejo- por legitimar diferencias socio-económicas en nuestra sociedad. Por ejemplo, hacen hincapié en el paralelismo entre la base de la pirámide y la inmensa mayoría de la población mundial que lucha por conseguir sustento, en oposición a una privilegiada minoría que tiene la fortuna de acceder a la autorrealización.  Más bien, creo que Maslow, como psicólogo humanista, no intentaba validar ninguna teoría socio-económico, sino identificar e intentar prever las necesidades, las motivaciones y, con ello, las conductas de la gente. No se si la jerarquía de Maslow prevé, aunque sí ve y sufre de miopía. Se encuentra demasiado regionalizada, anglo-centrista quizá. Se adecua, eso sí, a la filosofía y creencias imperantes en los Estados Unidos, en la época en que fue desarrollada. Podemos concluir que la primera necesidad de este modelo debería de ser su validación.

¿Cómo utilizar la teoría de Maslow?

Me atrevo a asegurar que mientras académicos y profesionales enseñan y abrazan las jerarquías de Maslow como si de una panacea se tratase, publicistas de todo el mundo, casi desde los principios mismos de la publicidad, saben de lo rentable que puede llegar a ser poner a Maslow de cabeza.

Por otro lado, podemos  observar como la insatisfacción de personas que, justamente, se sienten frustradas por saber que poseen lo que “deberían poseer” -siguiendo el tipo de modelo de necesidades imperante-, y aún así no consiguen ser felices, inunda las consultas de psicoterapeutas y afines.

Lo que sí considero vigente es la necesidad de identificar los distintos tipos de motivaciones, como herramienta indispensable para el estudio del comportamiento individual y grupal. Los beneficios de la aplicación de un modelo coherente en áreas tan diversas como la educación, la psicología clínica y el management, por sólo nombrar algunas, serían enormes.

Así y todo, podemos concluir reconociendo la existencia de relaciones jerárquicas entre las diferentes necesidades, relaciones que no tienen sentido en el vacío, sino que están íntimamente arraigadas –sino desarrolladas- en la cultura. Y no haría falta, ni siquiera, hacer grandes comparaciones transculturales para caer en la cuenta que, aunque elegantemente presentada, la estructura de la pirámide de Maslow se viene abajo. ¿Cuántas veces y en cuántas ocasiones cambian las necesidades de un individuo, es decir, nuestras motivaciones a lo largo de la vida? ¿Es esta famosa pirámide un modelo de castas occidentales autoimpuestas? Estoy convencido de que la autorrealización es posible, y sin pagar tantos peajes… sino que se lo pregunten a Anil Gupta.

Para saber más:

El profesor Douglas Kenrick y sus colaboradores de Arizona State University han escrito un artículo  (Kenrick et al. 2010) que revisa la jerarquía de Maslow desde el cruce de la biología evolutiva, la antropología y la psicología. En el estudio  se trazan relaciones entre los diferentes estadios de necesidades sin seguir estrictamente el orden secuencial de la jerarquía original y, a su vez, se realizan otras modificaciones sustanciales. Por ejemplo, la autorrealización de la cima de la pirámide es reemplazada por la crianza de los hijos o paternidad (parenting), seguida del  mantenimiento de pareja o compañero sexual (mate retention) , y antes, la obtención de pareja -para la procreación-. Además en el artículo se relacionan  algunas de las motivaciones fundamentales con la búsqueda de oportunidades y la evitación de amenazas inmediatas –situacionales-. Podríamos sintetizar que los autores entienden la cima de la pirámide como una serie de conductas que, en definitiva, tienen como función la reproducción. Esta idea funcionalista arraigada en la psicología y biología evolutiva, ha generado un gran debate (que a su vez a provocado respuestas de los autores, ver Schaller et al. 2010) que podríamos resumir, a mi entender, en la búsqueda de los componentes y relaciones adecuados entre lo  innato y  lo adquirido ( el viejo debate: nature – nurture, del inglés naturaleza y crianza). Y en qué proporción lo que creemos que es innato es adquirido y viceversa, dando lugar a una serie de especulaciones, reflexiones y algún que otro argumento basado en la evidencia científica, por qué no.

Así pues, Kesebir (2010) argumenta a favor de una perspectiva que dé primacía al componente cultural, por ser singularmente humano. Por su parte, Peterson & Park (2010) consideran valioso lo propuesto por el estudio, aunque mantienen que es prematuro reducir –y en cierto modo eliminar- el estadio de autorrealización a estatus y reproducción. Ackerman & Bargh (2010) valida este modelo desde la pragmática, subrayando su trascendencia para las nuevas investigaciones sobre los mecanismos de consecución de metas. Por último, y aunque no forme parte de esta discusión por tratarse de un artículo previo, es interesante repasar el trabajo de Kuo-Shu Yang  (2003), quién invita a preguntarnos acerca de la universalidad o validez transcultural de  la noción de autorrealización de Maslow, cuestión clave para entender lo esencial de este debate y mejorar de paso el diseño experimental para validar alguna de estas perspectivas teóricas.

Ariel Klein

Referencias:

Kenrick, D., Griskevicius, V., Neuberg, S., & Schaller, M. (2010). Renovating the pyramid of needs: Contemporary extensions built upon ancient foundations. Perspectives on Psychological Science, 5(3), 292-314. doi:10.1177/1745691610369469.

Schaller, M., Neuberg, S., Griskevicius, V., & Kenrick, D. (2010). Pyramid power: A reply to commentaries. Perspectives on Psychological Science, 5(3), 335-337. doi:10.1177/1745691610369474.

Yang, K. (2003). Beyond Maslow’s culture-bound linear theory: A preliminary statement of the double-y model of basic human needs. Cross-cultural differences in perspectives on the self (pp. 192-272). Lincoln, NE US: University of Nebraska Press.

Ackerman, J., & Bargh, J. (2010). The purpose-driven life: Commentary on Kenrick et al. (2010). Perspectives on Psychological Science, 5(3), 323-326. doi:10.1177/1745691610369472

Kesebir, S., Graham, J., & Oishi, S. (2010). A theory of human needs should be human-centered, not animal-centered: Commentary on Kenrick et al. (2010). Perspectives on Psychological Science, 5(3), 315-319. doi:10.1177/1745691610369470

Peterson, C., & Park, N. (2010). What happened to self-actualization? Commentary on Kenrick et al. (2010). Perspectives on Psychological Science, 5(3), 320-322. doi:10.1177/1745691610369471.

Para citar este artículo divulgativo:

Klein, A. (2010) La pirámide de Maslow a exámen. En Psicología< http://enpsicologia.com/2010/10/15/motivacion-la-piramide-de-maslow-a-examen/>

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